Ataviado con una hermosa dairha de un blanco deslumbrante, con el cabello alisado cuidadosamente y peinado con todo el esmero de las mejores peluqueras de su madre adoptiva, Shawwshants aguardó en la entrada del majestuoso salón de la villa Sendaviva, donde tendría lugar la recepción de los invitados a la boda, la llegada de la representante de Riatha, es decir, la que recibiría los agasajos de los asistentes como si fuera ella misma. Los novios, los verdaderos recién casados, no podrían ser llamados como tal si no llevaban a término la consumación de su matrimonio recluyéndose en la Sala de la Vida, un lugar paradisíaco según contaban los que la habían visitado, en el interior del kennommah más antiguo de la nación, consagrado a la diosa Imoheri, la diosa de la tierra y la fertilidad, y no volverían a la celebración hasta que ambos se hubiesen despojado de su virginidad.
Pero la pseudo novia se retrasaba un poco, y Shawws, que ni siquiera sabía quién sería la representante de su recién estrenada cuñada, comenzó a impacientarse. A lo lejos se oyó la música y suspiró: el cortejo de la novia estaba en camino. Después de unos minutos vio la rociada de pétalos de nehai que precedía la procesión y luego vio a la muchacha, que caminaba muy erguida con el velo echado hacia la cara y vestida también con un traje tradicional níveo y pesado como el suyo. Antes de entrar, la novia –su representante- se detuvo junto a él y Shawws la tomó de la mano, como era la costumbre (y era un milagro que no se le hubiese olvidado nada de lo que tenía que hacer y que Mephalis le había recordado hasta el cansancio) para después echarle el velo hacia atrás y que su rostro quedase a la vista de todos los asistentes, que aguardaban a los lados del sendero blanco hecho con seda.
Ryannethesse Flamaígnea, princesa de Kennommah, le sonrió tras apartarle él el velo, arrancando suspiros de admiración entre los presentes. Era la primera vez que Shawws la veía después de diez años y se asombró por lo mucho que había crecido, convirtiéndose en la antesala de la espléndida mujer que llegaría a ser. Habían maquillado sus ojos con polvo de esmeraldas, lo que le daba una expresión tremendamente adulta, y sus labios sonrosados le sonreían con picardía.
Shawwshants contuvo la respiración ante la visión de aquel rostro tan hermoso y tan querido para él. Para no traicionarse, tuvo que guardarse sus demostraciones de júbilo ante lo grato de la compañía hasta que estuviesen más tranquilos, y ambos entraron, cogidos de la mano, hacia el salón, donde ocuparon los asientos más privilegiados después del rey, para comenzar con los insufribles actos de homenaje y la presentación de los regalos de los invitados. Sólo después de varias horas se sirvió la comida y pudieron hablar un poco.
-¡Caramba, no tenía ni idea de que fueses a ser tú…!
Ryanne sonrió con coquetería y le acarició la mano.
-Se lo propuse yo misma. Ya sabes que Riatha no tiene hermanas ni primas, y como tú ibas a representar a Oristhios, pensé…
-¡Qué sorpresa, dioses! ¡Y cuánto has crecido! Estás tan hermosa…
-Tú también estás más alto, ¿es que no vas a dejar de crecer nunca? Así nunca voy a conseguir ponerme a tu altura. –sonrió la jovencita, encantadora, mirando a su alrededor.- Vaya, tu padre no ha reparado en gastos, ¿no? ¡Es una celebración digna de un rey!
-Sí, ya le conoces, cuando se trata de guardar las apariencias…
Ryanne sonrió con misterio y dio un sorbo a su vino blanco. Observó unos instantes la artística copa, en cuya base había tallada una vid que enlazaba sus raíces hacia la base, perfilada delicadamente de oro.
-Eso es cierto, pero… ¿cómo se las arreglará tu padre para que nadie se entere de que su hijo va a renunciar a su posición para irse a ver mundo?
Shawws palideció, con un bombón de pasas a medio camino de la boca. Se giró hacia su “novia” y le preguntó con un tartamudeo:
-¿Pero tú… tú cómo… cómo te has enterado de eso?
¡Claro! Había olvidado que la princesa tenía unas fantásticas aptitudes telepáticas que con el tiempo, sin duda, no harían más que agudizarse. Siempre había leído en su mente como en un libro abierto, y ahora, más aún. Ryanne sonrió un poco, pero se puso seria rápidamente.
-Supongo que sabrás cómo está el asunto con los sarryas, Shawws… es algo muy serio. Y personalmente, preferiría que… que te marcharas lo antes posible. No sé lo que pasará en Kennommah cuando la guerra estalle, y me gustaría… que estuvieses a salvo, especialmente tú. ¿Me entiendes? Por tu propia seguridad. Yo me encargaré de defender al país, pero tú… tú tienes que cuidarte, ¿me oyes?
Le había apretado las manos con tanta energía entre las suyas, que le dolían, pero Shawws no se movió ni dijo nada. Sólo continuó mirándola fijamente, a sus espléndidos ojos verde esmeralda, durante unos eternos instantes.
-Siempre sabré dónde estás. Pero tengo que asegurarme de que estarás bien… pensé… pensé pedírtelo yo misma. Pedirte que te fueras lejos, hasta que las cosas estén algo más calmadas, porque tú…
Ryanne apartó la vista, ruborizada, más bella que nunca con aquel traje de novia inmaculado y las vetas de oro adornando su cabello, haciendo resaltar todo el fuego que anidaba en ellos, y sus dedos, dibujando complicadas filigranas en ellos. Shawws le pidió mentalmente que no dijera nada más, que no lo dijera, porque no estaba preparado para oírlo… porque no sabía si quería oírlo. Pero la joven princesa negó suavemente con la cabeza y miró hacia delante, a la majestuosidad del salón dorado, y susurró:
-¿No es esta ceremonia como nuestra boda misma? Lo sabes igual que yo, Shawws, que Kennommah no tendrá más rey que tú, tanto si me aceptas como esposa como si nunca llegamos a casarnos... Pero en estos tiempos turbulentos… ¡qué difícil se hace hablar de algo que en otro momento sería tan sencillo! ¡Qué difícil, mi querido amigo, mi dulce hermano! ¡Qué época tan siniestra nos ha tocado vivir!
Aún con las manos enlazadas a las suyas, Shawwshants sintió cómo un enorme nudo se formaba en su garganta y que paralizaba su lengua, impidiéndole decir nada más. Un tremendo escalofrío le recorrió la espalda lentamente mientras un sudor frío le perlaba la frente y se preguntaba qué le ocurría a su cuerpo de repente. Miró a Ryanne, pero ésta también había palidecido en cuestión de segundos y miraba a su alrededor frenéticamente, como si buscase algo con urgencia. El escalofrío volvió a repetirse, atenazando cruelmente su columna vertebral, y entonces lo oyeron. Todo el mundo lo oyó. De súbito, un ruido tan terrible como amenazador surcó el aire, rasgándolo como una cortina de gruesa tela, haciendo temblar el suelo y gritar a todos los invitados. Al ruido silbante siguió una fabulosa explosión, tan atronadora y temible, tan cercana, que hizo palidecer de terror a los pocos invitados que habían permanecido en pie. Ryanne, aún lívida, se levantó de la mesa de los novios, sin ni siquiera dedicar una última mirada a Shawws, y comenzó a desabrocharse rápidamente los cordones de seda que le cerraban la dairha de ceremonia, mientras llamaba a gritos a sus oficiales y por el aire comenzaba a esparcirse el acre aroma de la guerra.
lunes 2 de marzo de 2009
martes 27 de enero de 2009
La vuelta del hijo
*Shawwshants Moshe es uno de mis personajes favoritos. Sin él, no habría historia. Moshe es un nombre judío, significa "Niño" y es su segundo nombre. En mi mundo, el más importante, ya que es el que le regala su madre.
Cuando padre e hijo volvieron a encontrarse habían pasado diez años, y justo cuando Ingham recrudecía la búsqueda de su hijo y parecía al límite de su paciencia, agotada a base de amenazar e intentar intimidar al viejo Adames para que le devolviera a Shawwshants, sin éxito, éste regresó a la Torre de Jade sin previo aviso, una soleada mañana de abril.
Ingham se levantó del escritorio de su despacho con lentitud, apenas dando crédito a lo que sus ojos veían.
-Buenos días, padre.
Shawwshants había crecido aún más y casi le sacaba media cabeza. Su pelo lucía de un corto tan insolente como inadecuado si tenía que medirlo con la moda imperante en aquel momento y sus ropas toscas y sus gestos más toscos aún le hablaron de una vida sencilla, repleta de privaciones y pequeños sacrificios, pero igualmente satisfactoria. Porque, por mucho que le doliese reconocerlo, la expresión del rostro de su hijo, en conjunto, era la más alegre y radiante que le había visto jamás.
Sintiendo que todos los años de infructuosa búsqueda, tensiones y amenazas habían concluido, Ingham se sintió tan aliviado que tuvo ganas de echarse a llorar. No sabía si acercarse a su problemático retoño para abrazarle o para darle un par de buenas bofetadas, que por otro lado bien se merecía, así que tras levantarse, se quedó mirándole unos instantes, incrédulo, totalmente inmóvil, hasta que dijo:
-Has vuelto, hijo.
Shawwshants bajó la vista y se rascó la cabeza, incómodo, con sus manos ásperas y agrietadas. Había pensado que el encuentro con su padre iba a resultar muchísimo más violento de cómo estaba transcurriendo y casi esperó el golpe que su padre llevaba reservando para él durante tanto tiempo, pero el supuesto castigo no llegó a producirse. Sólo observó maravillado cómo el poderoso Primer Juez le miraba como si en vez de venir de las Tierras Altas acabase de regresar del mismísimo Abismo y, con expresión derrotada, tras levantarse, se dejaba caer de nuevo en la lujosa silla de su escritorio.
-Sí, he vuelto, pero sólo… -comenzó a decir Shawwshants, de nuevo alzando la mirada con decisión hasta su padre.- Sólo para decirte que no voy a regresar más a la Torre de Jade. Vendré… vendré de vez en cuando a veros, si me lo permites, pero eso es todo.
Ingham tomó aire con fuerza y le miró sin comprender, o tal vez, comprendiendo demasiado tarde lo que su hijo quería decir.
-¿Qué es lo que has dicho? –le provocó débilmente, aún impactado por su firme propósito, y Shawws le miró sin pestañear.
-Lo siento, padre.
Entonces el primer juez reaccionó, y la ira se enseñoreó de su rostro apacible, transformándolo de súbito, y exclamó, furioso:
-¡No eres más que un chiquillo y harás lo que yo te ordene! ¿Dejar la Torre de Jade? –se indignó, enrojeciendo poco a poco de furia.- ¿Cómo se te ha ocurrido siquiera pensar en semejante estupidez? ¡Eres un príncipe, un príncipe de Kennommah!
Shawwshants no respondió nada, pero siguió sosteniéndole con firmeza la mirada, implacable, reacio a dejarse vencer esta vez.
-¡Dejar la Torre! –continuó Ingham.- ¿Y adónde irías? ¿De por vida con el loco de tu abuelo y su… ese desarrapado grupo de maleantes? – e incorporándose con pasmosa rapidez, se acercó a su hijo para cogerle del brazo con fuerza y taladrarle con sus ojos borrascosos ojos grises.- ¡La guerra es inminente! ¿No lo sabías? ¡Si dejas la Torre, nadie podrá protegerte, Shawwshants! ¡Nadie, ni siquiera yo!
-No tienes por qué hacerlo. Sé cuidar de mí mismo.
Pero su inflexible padre soltó una carcajada de puro sarcasmo.
-¡Cuidar de ti mismo! ¿Desde cuándo? ¿Crees que sabes algo de la vida sólo porque has estado con tu abuelo unos años echado a los caminos, como si fuéseis mendigos? ¡Déjame que yo te diga lo que sabes! ¡No sabes nada del mundo! ¡Absolutamente nada!
-Pues déjame que lo averigüe.-pidió Shawws en un susurro, mirando al suelo momentáneamente y luego levantando los ojos para encontrar los de Ingham.- Pegado a tus faldas nunca sabré de lo que soy capaz. Y si quieres que no me vaya, tendrás que encerrarme, como le hiciste a mi madre. Y te aseguro que aun así, encontraré el modo de irme, y lo haré.
Inghamnas le soltó, impresionado por la pasión de su discurso. Ese Shawwshants, el Shawwshants que había visto el mundo que había tras la frontera de la salvaje nación de los Jades no era el mismo tímido y apocado muchacho que se había marchado de la Torre diez años atrás rumbo a la Gran Escuela de Elwahir. Había tanta determinación en sus ojos y en sus palabras que el senador se sintió flaquear con él por primera vez en su vida… igual que le había ocurrido con ella, con su madre. Olhema… ¿la habría visto en ese tiempo? ¿Cómo se encontraba ella, el amor frustrado de su vida? Volvió sobre sus pasos, derrotado ante la fuerza y el coraje de su hijo, derrotado una vez más por la fuerza y el coraje de Olhema, que estaban en Shawwshants impresos como un hierro al fuego, para dejarse caer pesadamente en el sillón dorado y se cubrió los ojos con una mano, sintiéndose más viejo y débil que nunca. Tantos años batallando con las responsabilidades de su doble cargo, resolviendo cuestiones, esquivando intrigas, superando el temor a la guerra, enfrentándose a los diplomáticos sarryas en persona y a la cruel realidad que atenazaba al país con una entereza admirable… que acababa de ser deshecha en unas pocas frases por un chico que apenas si había alcanzado la mayoría de edad.
-¿Te quedarás, al menos, para la boda de tu hermano? –preguntó con un hilo de voz, que sonó en sus propios oídos como el quejido agónico de un anciano, y luchando por sobreponerse a aquella sensación, continuó:- Se celebra dentro de dos semanas, y eres su representante en el banquete.
-Sí, por supuesto.-accedió el muchacho, dócilmente, e Ingham suspiró, levantando la cabeza para mirar a su hijo.
Y allí estaba. Aquella familiar frialdad había regresado a los ojos de su padre. Shawwshants le contempló con tristeza, compadeciéndole en su interior por no ser más que otra de las víctimas de las rígidas convenciones de una Corte encorsetada y malsana como la que se imponía en la Torre, pero también comprendiéndole más que nunca.
-Ya que no vas a respetar mis órdenes, -Ingham le miraba con ojos tan helados como un bloque de nieve y Shawws pensó qué tipo de chantaje le haría su padre a continuación.- al menos, ve a que te hagan la Marca. Han pasado años desde tu Noham Sithar y aún no la llevas. Y eso es algo completamente indigno para cualquier kennommah, que es lo que seguirás siendo el resto de tu vida, por muy poco orgulloso que te sientas de ello.
Shawwshants asintió, accediendo sólo para complacerle. Las palabras rencorosas de su padre no eran ciertas. Nunca había pensado en olvidar que era un kennommah a pesar de todos los lugares que había visto y los que aún le quedaban por ver. Amaba su país por encima de cualquier cosa y lo que él era por nacimiento, es decir, un príncipe de una de las casas más antiguas y prósperas de la Nación, heredero de famosos conquistadores y grandes Místicos. Lo que quería, simplemente, era tomar las riendas de su propia vida, que era justo lo que a los jóvenes nobles, kennommah como él, no se les permitía hacer. Estaba cansado de tantas rectas normas, de la filosofía agobiante y de mente estrecha de los Tres Caminos. Él quería decidir por sí mismo. Y el mejor momento era justo ahora, ¿por qué postergarlo más?
La Marca le produjo una seria fiebre durante cinco largos días. Mariathe y Nivaranna, que estaban en la Torre ayudando con los preparativos de la ceremonia del enlace de su hermano mayor, se encargaron de cuidarle durante esos nubosos y confusos días. Xantelses también había acudido a la Torre desde Kenneihara, a pesar de que en los últimos dos años el ejército andaba azoradísimo con el temor a que la guerra estallase de un día para otro, para asistir a la boda de Oristhios, y cuando Shawws recuperó del todo la conciencia, su mejor amigo y compañero de travesuras le miró con una mezcla de admiración y temor que le hizo estremecerse de extrañeza.
-Así que te vas, ¿no? – preguntó Xanti, el bromista Xanti, que en esta ocasión tenía un semblante tan serio como el de un cadáver.- Te vas de Kennommah para siempre, maldito traidor.
-No me voy para siempre.- le aclaró Shawws, mientras su amigo le desanudaba el vendaje del brazo izquierdo para echar un vistazo a su flamante y recién estrenada Marca.- Vendré a veros.
-¿Pero…? ¿No puedes convertirte en actor aquí mismo, en Kennommahii, y dedicarte a hacer giras por el país? Como siempre habíamos planeado… ¿Te tienes que marchar a la fuerza?
-Sí, y no me eches un sermón, que ya tengo bastante con el de mi padre.
Xantelses miró maravillado las hojas de la vívida hiedra que se le enroscaba a su mejor amigo a lo largo de todo el brazo, empezando en el hombro y acabando en el reverso de la mano izquierda. Después le miró a él, a sus plácidos ojos color avellana, entrecerrando los suyos a continuación, suspicaz:
-Has cambiado, ¿sabes, Sha? Pareces… mucho más maduro que hace diez años. Qué bien te han sentado las vacaciones con el abuelete, ¿eh?
-No han sido sólo vacaciones, Xanti. – le explicó apasionadamente el muchacho, mientras se recostaba en los mullidos almohadones de su cama.- Ha sido… el descubrimiento de otra vida, que se hiciera realidad mi mayor anhelo, y he decidido que es eso justamente lo que quiero. Voy a volver con ellos, con Idhal Ahn y con mi abuelo, y después, quién sabe…
Xantelses volvió a vendar cuidadosamente el brazo de su amigo, mordiéndose los labios con tozudez.
-¡Pero Shawws! La guerra amenaza y los sarryas están por todas partes. El ejército no lo ha confirmado, pero se dice que ya han entrado en Kennommah y que arrasan todo a su paso, incluso la selva. ¡No es ninguna broma! Todo el país entero se prepara para la guerra, ¿es que no imaginas lo que te puede pasar si cruzas la frontera?
-¿Y qué pasará si me quedo? ¡Tal vez todos tengamos que salir de Kennommah algún día!
Sin embargo, el jovial muchacho no se dio por vencido.
-Comprendo que no te parezca el sitio más seguro del continente, con el rey hecho una pusilánime marioneta y la princesa a punto de dar un golpe de estado, pero… ¡al menos estás con tu gente! ¿Qué te espera ahí fuera, eh? ¡No puede ser tan maravilloso! ¿Qué has encontrado fuera, que no puedes renunciar a eso?
Pero Shawws le apartó de un manotazo, enfadado.
-¡Encontré mi libertad, la libertad que en la Torre de Jade siempre se me negó, eso fue lo que encontré! ¡Pero pensaba que tú eras distinto, y eres igual que todos los demás! ¡Tan encerrados en sí mismos, que no son capaces de apreciar cuánto de bueno hay fuera de su minúsculo mundo!
-¡No me has entendido en absoluto, Sha! ¡Ni una palabra! ¡Y sólo me preocupo por ti, maldito idiota desagradecido!
Xantelses, dolido por su acusación, se marchó de la habitación dando un bufido desaprobatorio. Shawws no hizo intento de llamarle ni impidió que se marchara, y cuando quiso arreglar las cosas, ya era demasiado tarde para ambos. Aquella hermosa y tranquila tarde de domingo fue la última vez que vio a su mejor amigo.
Cuando padre e hijo volvieron a encontrarse habían pasado diez años, y justo cuando Ingham recrudecía la búsqueda de su hijo y parecía al límite de su paciencia, agotada a base de amenazar e intentar intimidar al viejo Adames para que le devolviera a Shawwshants, sin éxito, éste regresó a la Torre de Jade sin previo aviso, una soleada mañana de abril.
Ingham se levantó del escritorio de su despacho con lentitud, apenas dando crédito a lo que sus ojos veían.
-Buenos días, padre.
Shawwshants había crecido aún más y casi le sacaba media cabeza. Su pelo lucía de un corto tan insolente como inadecuado si tenía que medirlo con la moda imperante en aquel momento y sus ropas toscas y sus gestos más toscos aún le hablaron de una vida sencilla, repleta de privaciones y pequeños sacrificios, pero igualmente satisfactoria. Porque, por mucho que le doliese reconocerlo, la expresión del rostro de su hijo, en conjunto, era la más alegre y radiante que le había visto jamás.
Sintiendo que todos los años de infructuosa búsqueda, tensiones y amenazas habían concluido, Ingham se sintió tan aliviado que tuvo ganas de echarse a llorar. No sabía si acercarse a su problemático retoño para abrazarle o para darle un par de buenas bofetadas, que por otro lado bien se merecía, así que tras levantarse, se quedó mirándole unos instantes, incrédulo, totalmente inmóvil, hasta que dijo:
-Has vuelto, hijo.
Shawwshants bajó la vista y se rascó la cabeza, incómodo, con sus manos ásperas y agrietadas. Había pensado que el encuentro con su padre iba a resultar muchísimo más violento de cómo estaba transcurriendo y casi esperó el golpe que su padre llevaba reservando para él durante tanto tiempo, pero el supuesto castigo no llegó a producirse. Sólo observó maravillado cómo el poderoso Primer Juez le miraba como si en vez de venir de las Tierras Altas acabase de regresar del mismísimo Abismo y, con expresión derrotada, tras levantarse, se dejaba caer de nuevo en la lujosa silla de su escritorio.
-Sí, he vuelto, pero sólo… -comenzó a decir Shawwshants, de nuevo alzando la mirada con decisión hasta su padre.- Sólo para decirte que no voy a regresar más a la Torre de Jade. Vendré… vendré de vez en cuando a veros, si me lo permites, pero eso es todo.
Ingham tomó aire con fuerza y le miró sin comprender, o tal vez, comprendiendo demasiado tarde lo que su hijo quería decir.
-¿Qué es lo que has dicho? –le provocó débilmente, aún impactado por su firme propósito, y Shawws le miró sin pestañear.
-Lo siento, padre.
Entonces el primer juez reaccionó, y la ira se enseñoreó de su rostro apacible, transformándolo de súbito, y exclamó, furioso:
-¡No eres más que un chiquillo y harás lo que yo te ordene! ¿Dejar la Torre de Jade? –se indignó, enrojeciendo poco a poco de furia.- ¿Cómo se te ha ocurrido siquiera pensar en semejante estupidez? ¡Eres un príncipe, un príncipe de Kennommah!
Shawwshants no respondió nada, pero siguió sosteniéndole con firmeza la mirada, implacable, reacio a dejarse vencer esta vez.
-¡Dejar la Torre! –continuó Ingham.- ¿Y adónde irías? ¿De por vida con el loco de tu abuelo y su… ese desarrapado grupo de maleantes? – e incorporándose con pasmosa rapidez, se acercó a su hijo para cogerle del brazo con fuerza y taladrarle con sus ojos borrascosos ojos grises.- ¡La guerra es inminente! ¿No lo sabías? ¡Si dejas la Torre, nadie podrá protegerte, Shawwshants! ¡Nadie, ni siquiera yo!
-No tienes por qué hacerlo. Sé cuidar de mí mismo.
Pero su inflexible padre soltó una carcajada de puro sarcasmo.
-¡Cuidar de ti mismo! ¿Desde cuándo? ¿Crees que sabes algo de la vida sólo porque has estado con tu abuelo unos años echado a los caminos, como si fuéseis mendigos? ¡Déjame que yo te diga lo que sabes! ¡No sabes nada del mundo! ¡Absolutamente nada!
-Pues déjame que lo averigüe.-pidió Shawws en un susurro, mirando al suelo momentáneamente y luego levantando los ojos para encontrar los de Ingham.- Pegado a tus faldas nunca sabré de lo que soy capaz. Y si quieres que no me vaya, tendrás que encerrarme, como le hiciste a mi madre. Y te aseguro que aun así, encontraré el modo de irme, y lo haré.
Inghamnas le soltó, impresionado por la pasión de su discurso. Ese Shawwshants, el Shawwshants que había visto el mundo que había tras la frontera de la salvaje nación de los Jades no era el mismo tímido y apocado muchacho que se había marchado de la Torre diez años atrás rumbo a la Gran Escuela de Elwahir. Había tanta determinación en sus ojos y en sus palabras que el senador se sintió flaquear con él por primera vez en su vida… igual que le había ocurrido con ella, con su madre. Olhema… ¿la habría visto en ese tiempo? ¿Cómo se encontraba ella, el amor frustrado de su vida? Volvió sobre sus pasos, derrotado ante la fuerza y el coraje de su hijo, derrotado una vez más por la fuerza y el coraje de Olhema, que estaban en Shawwshants impresos como un hierro al fuego, para dejarse caer pesadamente en el sillón dorado y se cubrió los ojos con una mano, sintiéndose más viejo y débil que nunca. Tantos años batallando con las responsabilidades de su doble cargo, resolviendo cuestiones, esquivando intrigas, superando el temor a la guerra, enfrentándose a los diplomáticos sarryas en persona y a la cruel realidad que atenazaba al país con una entereza admirable… que acababa de ser deshecha en unas pocas frases por un chico que apenas si había alcanzado la mayoría de edad.
-¿Te quedarás, al menos, para la boda de tu hermano? –preguntó con un hilo de voz, que sonó en sus propios oídos como el quejido agónico de un anciano, y luchando por sobreponerse a aquella sensación, continuó:- Se celebra dentro de dos semanas, y eres su representante en el banquete.
-Sí, por supuesto.-accedió el muchacho, dócilmente, e Ingham suspiró, levantando la cabeza para mirar a su hijo.
Y allí estaba. Aquella familiar frialdad había regresado a los ojos de su padre. Shawwshants le contempló con tristeza, compadeciéndole en su interior por no ser más que otra de las víctimas de las rígidas convenciones de una Corte encorsetada y malsana como la que se imponía en la Torre, pero también comprendiéndole más que nunca.
-Ya que no vas a respetar mis órdenes, -Ingham le miraba con ojos tan helados como un bloque de nieve y Shawws pensó qué tipo de chantaje le haría su padre a continuación.- al menos, ve a que te hagan la Marca. Han pasado años desde tu Noham Sithar y aún no la llevas. Y eso es algo completamente indigno para cualquier kennommah, que es lo que seguirás siendo el resto de tu vida, por muy poco orgulloso que te sientas de ello.
Shawwshants asintió, accediendo sólo para complacerle. Las palabras rencorosas de su padre no eran ciertas. Nunca había pensado en olvidar que era un kennommah a pesar de todos los lugares que había visto y los que aún le quedaban por ver. Amaba su país por encima de cualquier cosa y lo que él era por nacimiento, es decir, un príncipe de una de las casas más antiguas y prósperas de la Nación, heredero de famosos conquistadores y grandes Místicos. Lo que quería, simplemente, era tomar las riendas de su propia vida, que era justo lo que a los jóvenes nobles, kennommah como él, no se les permitía hacer. Estaba cansado de tantas rectas normas, de la filosofía agobiante y de mente estrecha de los Tres Caminos. Él quería decidir por sí mismo. Y el mejor momento era justo ahora, ¿por qué postergarlo más?
La Marca le produjo una seria fiebre durante cinco largos días. Mariathe y Nivaranna, que estaban en la Torre ayudando con los preparativos de la ceremonia del enlace de su hermano mayor, se encargaron de cuidarle durante esos nubosos y confusos días. Xantelses también había acudido a la Torre desde Kenneihara, a pesar de que en los últimos dos años el ejército andaba azoradísimo con el temor a que la guerra estallase de un día para otro, para asistir a la boda de Oristhios, y cuando Shawws recuperó del todo la conciencia, su mejor amigo y compañero de travesuras le miró con una mezcla de admiración y temor que le hizo estremecerse de extrañeza.
-Así que te vas, ¿no? – preguntó Xanti, el bromista Xanti, que en esta ocasión tenía un semblante tan serio como el de un cadáver.- Te vas de Kennommah para siempre, maldito traidor.
-No me voy para siempre.- le aclaró Shawws, mientras su amigo le desanudaba el vendaje del brazo izquierdo para echar un vistazo a su flamante y recién estrenada Marca.- Vendré a veros.
-¿Pero…? ¿No puedes convertirte en actor aquí mismo, en Kennommahii, y dedicarte a hacer giras por el país? Como siempre habíamos planeado… ¿Te tienes que marchar a la fuerza?
-Sí, y no me eches un sermón, que ya tengo bastante con el de mi padre.
Xantelses miró maravillado las hojas de la vívida hiedra que se le enroscaba a su mejor amigo a lo largo de todo el brazo, empezando en el hombro y acabando en el reverso de la mano izquierda. Después le miró a él, a sus plácidos ojos color avellana, entrecerrando los suyos a continuación, suspicaz:
-Has cambiado, ¿sabes, Sha? Pareces… mucho más maduro que hace diez años. Qué bien te han sentado las vacaciones con el abuelete, ¿eh?
-No han sido sólo vacaciones, Xanti. – le explicó apasionadamente el muchacho, mientras se recostaba en los mullidos almohadones de su cama.- Ha sido… el descubrimiento de otra vida, que se hiciera realidad mi mayor anhelo, y he decidido que es eso justamente lo que quiero. Voy a volver con ellos, con Idhal Ahn y con mi abuelo, y después, quién sabe…
Xantelses volvió a vendar cuidadosamente el brazo de su amigo, mordiéndose los labios con tozudez.
-¡Pero Shawws! La guerra amenaza y los sarryas están por todas partes. El ejército no lo ha confirmado, pero se dice que ya han entrado en Kennommah y que arrasan todo a su paso, incluso la selva. ¡No es ninguna broma! Todo el país entero se prepara para la guerra, ¿es que no imaginas lo que te puede pasar si cruzas la frontera?
-¿Y qué pasará si me quedo? ¡Tal vez todos tengamos que salir de Kennommah algún día!
Sin embargo, el jovial muchacho no se dio por vencido.
-Comprendo que no te parezca el sitio más seguro del continente, con el rey hecho una pusilánime marioneta y la princesa a punto de dar un golpe de estado, pero… ¡al menos estás con tu gente! ¿Qué te espera ahí fuera, eh? ¡No puede ser tan maravilloso! ¿Qué has encontrado fuera, que no puedes renunciar a eso?
Pero Shawws le apartó de un manotazo, enfadado.
-¡Encontré mi libertad, la libertad que en la Torre de Jade siempre se me negó, eso fue lo que encontré! ¡Pero pensaba que tú eras distinto, y eres igual que todos los demás! ¡Tan encerrados en sí mismos, que no son capaces de apreciar cuánto de bueno hay fuera de su minúsculo mundo!
-¡No me has entendido en absoluto, Sha! ¡Ni una palabra! ¡Y sólo me preocupo por ti, maldito idiota desagradecido!
Xantelses, dolido por su acusación, se marchó de la habitación dando un bufido desaprobatorio. Shawws no hizo intento de llamarle ni impidió que se marchara, y cuando quiso arreglar las cosas, ya era demasiado tarde para ambos. Aquella hermosa y tranquila tarde de domingo fue la última vez que vio a su mejor amigo.
miércoles 5 de noviembre de 2008
ÚLTIMA HORA!!
Hola! Bueno, viendo que pasa el tiempo y la cosa no marcha para adelante, he decidido suspender el sorteo. Mil perdones a quienes tenían ilusión por participar, pero como sabéis la cosa anda chunga con la compraventa y se ha pasado el tiempo límite que me puse para que se reservaran todos los números. Así que nada, lo siento, y tal vez la próxima vez tengamos más suerte. Un besote enorme para todos y todas las que me habéis apoyado!! ^_^
NÚMEROS DEL SORTEO RESERVADOS:
00 01 02 03 04 05 06 07 08 09
10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31
32 33 34 35 36 37 38 39 40 41
42 43 44 45 46 47 48 49 50 51
52 53 54 55 56 57 58 59 60 61
62 63 64 65 66 67 68 69 70 71
72 73 74 75 76 77 78 79 80 81
82 83 84 85 86 87 88 89 90 91
92 93 94 95 96 97 98 99
Skydoll: 09,30,83,78,99
Quesque: 17,86,08,10,22
Alia:12 ,26
Syney: 5
Kurai: 46
Pilar: 48
Debby: 27,23,41
Ali: 97, 37
Serendipity: 07,13
Mori: 02,29,69,93
Angell Oscura: 47,74
Kaname: 68,90
Sairon: 44
Asura: 6, 15
666Lunita666: 94,42,03
Irantzu: 66
Shura: 25,57,98
Sonia: 67,71,00
Misha: 85,39
Sun: 81,34
Kao chan: 04,36,49, 64
Cithiel: 89,95
Yrth: 21,28, 33,56,82
Sweet minako: 01,96,58
Hola! Bueno, viendo que pasa el tiempo y la cosa no marcha para adelante, he decidido suspender el sorteo. Mil perdones a quienes tenían ilusión por participar, pero como sabéis la cosa anda chunga con la compraventa y se ha pasado el tiempo límite que me puse para que se reservaran todos los números. Así que nada, lo siento, y tal vez la próxima vez tengamos más suerte. Un besote enorme para todos y todas las que me habéis apoyado!! ^_^
NÚMEROS DEL SORTEO RESERVADOS:
00 01 02 03 04 05 06 07 08 09
10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31
32 33 34 35 36 37 38 39 40 41
42 43 44 45 46 47 48 49 50 51
52 53 54 55 56 57 58 59 60 61
62 63 64 65 66 67 68 69 70 71
72 73 74 75 76 77 78 79 80 81
82 83 84 85 86 87 88 89 90 91
92 93 94 95 96 97 98 99
Skydoll: 09,30,83,78,99
Quesque: 17,86,08,10,22
Alia:12 ,26
Syney: 5
Kurai: 46
Pilar: 48
Debby: 27,23,41
Ali: 97, 37
Serendipity: 07,13
Mori: 02,29,69,93
Angell Oscura: 47,74
Kaname: 68,90
Sairon: 44
Asura: 6, 15
666Lunita666: 94,42,03
Irantzu: 66
Shura: 25,57,98
Sonia: 67,71,00
Misha: 85,39
Sun: 81,34
Kao chan: 04,36,49, 64
Cithiel: 89,95
Yrth: 21,28, 33,56,82
Sweet minako: 01,96,58
Sorteo de MNF Sleeping Beauty!




Hola a tod@s!! Como por lo visto no tengo suficiente confianza de la administración de mi foro de toda la vida, he decidido sortear mi custom de la Bella Durmiente vía mi blog, así que aquí la tenéis!!
La keka es una MNF Beautiful White híbrida, cabeza y manos son de Minifee Shushu y el cuerpo es de Bobobie. La sortearía tal como se muestra en las fotos, es decir, la keka armada y tensada, peluca blanca de Cool Cat, Make up y tatuaje hechos por mí (Doll Valley Art) y vestido y accesorios (pendientes, adorno del pelo, cinta para camafeo) de la tienda, Doll Valley Shop. También lleva ropa interior! ^-^
Pongo a la venta 100 números del 00 al 99. El precio de la papeleta son 3 euros, y el ganador se decidirá una vez se vendan todas, en el sorteo de la ONCE del día siguiente. Para reservar vuestros números, dejadme un comentario o un mail a mi dirección: leonlewis791@hotmail.com, para que pueda enviaros la cuenta bancaria donde podéis hacer el ingreso.
Animaos a participar, que la keka ha quedado realmente preciosa!!
domingo 26 de octubre de 2008
Últimos días en la Escuela de Elwahir
Le costó muchas lágrimas despedirse de ellos, incluso de los orcos, Regon y Aerek, con los que había llegado a simpatizar muchísimo. Durante varios días, los previos a la llegada de Idhal Ahn, Shawws repartió más besos, abrazos y promesas que en la totalidad de sus años elfos, y aun así, parecía que nadie quedaba satisfecho, ni sus compañeros ni él. Yole le amenazó con cortarle los dedos si no iba a verle alguna vez, Betrawali le prometió escribirle y también le invitó a su remota región de origen, Celeste lloró como un chiquillo en sus brazos y le aseguró que un día, presuntamente no muy lejano, se verían los dos en Iaiinommarj y que tomarían un vasito de licor blanco juntos en una posada que conocía y que esperaba que no hubiesen cerrado los sarryas. Shawws aseguró a todos que les escribiría, a pesar de que era malo y lento escribiendo y que su caligrafía era casi ilegible; todos se rieron con su comentario, y para despedirse como era debido, y para ensayar para lo que se le avecinaba, una tarde Shawws reunió a todos sus amigos en el comedor de la Gran Escuela y les obsequió con una hilarante y privada representación de su personaje favorito, el Abuelo Guante, que en esta ocasión estuvo apoyado por un nuevo miembro, que era el Tío Bota, que se encargaba de ruborizar hasta el más pintado habitante de la Gran Escuela con su ironía y su crítica punzante.
La despedida de Ryanne fue muy breve y abundó en sonrisas. La chiquilla parecía feliz de que abandonase el lugar que ella consideraba como una prisión lujosa y le pidió que le enviase dulces y muchas cartas. Quería saberlo todo, a dónde iba, a quién conocía, quería ver como él los lugares que iba a visitar, la gente, la comida, las criaturas extrañas que pudiese ver… Shawws la abrazó muy fuerte, la llamó “hermanita” pese a las infantiles protestas de la princesa y recogió todas sus pertenencias de su habitación, dejándole a ésta el cuidado de sus libros y todo el material escolar que había ido recopilando durante aquellos dos largos meses.
Así que sólo le quedaba lo más difícil: despedirse de Deelrith. La escuela, frenética con los preparativos de la gran fiesta del día de Muertos, bullía de actividad; y aunque las extrañas muertes de aquellos estudiantes no habían caído en el olvido y todavía se oían muchos susurros acallados y se notaba cierta tensión en el ambiente, el jolgorio y la promesa de la fiesta habían suavizado muchísimo el nerviosismo reinante. Shawws se preguntó qué había ocurrido… o qué estaba ocurriendo en realidad, pensó de súbito con un estremecimiento, sin saber de dónde procedía aquella extraña idea. La imagen de Loren le sacudió la mente. ¿Es que tenía algo que ver con lo que sucedía? ¿Por qué? Él, que había llegado en un momento inoportuno, viniendo de tan lejos, y siendo quien era… ¿qué relación podía tener con un supuesto monstruo que mataba a sus víctimas y les vaciaba la sangre?
Aún pensaba en aquellos negros acontecimientos cuando vio a Deelrith esperando pacientemente en el templete de mármol que había bajo el sicómoro del jardín de las mujeres. La había citado allí el día anterior con esperanza de hablar con ella en privado, aunque no sabía exactamente qué iba a decirle, y al verla su corazón comenzó a latir desaforadamente y el rubor acudió a su rostro en una oleada cruel. Se aproximó a ella intentando serenarse y cuando ella le vio, le sonrió, dejándole sitio en el frío banco de mármol, a su lado.
-Me han dicho que te vas de la Escuela.- dijo ella, con una sonrisa algo dolida, como si le hiciera un reproche. Shawws la miró a los ojos durante unos instantes y asintió:
-Sí. Quería venir a decírtelo yo mismo.
-¿Con tu abuelo y esa compañía de teatro que me mencionaste alguna vez? Te vas con ellos, ¿verdad?
-Sí, eso es. Con mi abuelo Adames e Idhal Ahn, su compañía.-sonrió el muchacho, casi involuntariamente.- Esta vez me dejará ser actor.
-¡Eso es fantástico! –lo celebró Deelrith, apretándole las manos. Después añadió, mirando desconfiadamente a su alrededor:- Este lugar… no se ha vuelto muy seguro. Tienes que irte cuanto antes.
Y Shawws no pudo aguantarlo más. No pudo aguantar tenerla tan cerca sin decirle nada de lo que sentía, no pudo aguantar el peso inexplicable que de pronto tenía en el corazón, y sentía que debía decirle algo, lo que fuese, para aliviarlo. Sabía que ella no podría corresponderle, que estaba seguro de que no lo haría, pero sin embargo…
-Deelrith, yo… -comenzó, reflejándose en las pupilas azules de la princesa, tan extraordinariamente claras.- Tengo que decirte algo. Yo… me he portado muy mal contigo. Pero no quería… no quería verte junto a Loren. Era superior a mis fuerzas, Deelrith, porque… porque me enamoré de ti. Y lo siento, siento haber sido tan idiota, siento…
Deelrith le hizo una caricia en el rostro. Sus ojos se humedecieron con el brillo insolente de sus lágrimas y estrechó a Shawws entre sus brazos con fuerza, mientras decía en un susurro:
-Perdóname, Shawwshants, pero… Loren es mi destino. Desde el principio de mi vida. Sé que no es fácil de entender, pero tienes que hacerlo. No puedo corresponderte.
-Yo ya sabía…- y lenta y tranquilamente, las lágrimas también acudieron a los emocionados ojos del muchacho Jades, bañándolos con ellas.- Perdóname, Deel. No he sido justo contigo…
-Es mi destino, Shawws. Lo siento.
Y ambos continuaron abrazados durante un largo rato, poseídos por sus propias emociones, hasta que el atardecer declinó y Deelrith, de nuevo con una resplandeciente sonrisa iluminando su hermoso rostro de princesa humana, se despidió de él para siempre, sin falsas promesas ni esperanzas, sino con un sencillo gesto de la mano.
Adames Sendaviva entró al recibidor del pabellón masculino acompañado de un torbellino de nieve, con el ceño fruncido y una expresión peligrosamente seria a juicio de Shawwshants. Echó un breve vistazo a su nieto, que aguardaba sentado en uno de los divanes vestido con su más grueso abrigo y rodeado por sus pertenencias y varios estudiantes (dos elfos más, un humano corpulento, un enano, dos orcos y hasta una SyTha. Nunca había dudado en la capacidad de adaptación de su nieto y no se sorprendió de que hubiese hecho amigos de tan variopintas etnias); el chico se levantó inmediatamente de un salto al verle para ir hacia él y darle un abrazo. Adames miró hacia arriba, al techo decorado con impresionantes frescos y salientes dorados, el colmo del mal gusto, según su opinión de kennommah, y preguntó a Shawwshants pausadamente, como si temiera la respuesta:
-¿Dónde tienes el colgante que te di?
-Aquí, abuelo.- el jovencito rebuscó entre sus ropas y se lo mostró.- No me lo he quitado en todo el tiempo, como me dijiste. ¿Quieres que te lo devuelva?
-Buen chico. No, es para ti. - sonrió el anciano, dando un segundo y más fuerte abrazo a su nieto favorito y acariciándole el pelo.- Hay que irse enseguida de aquí. Idhal Ahn está fuera y no debemos hacerla esperar.
-Vale.- Shawws asintió, pero aún dedicó un par de minutos a repartir los últimos abrazos y promesas, hasta que su abuelo le llamó, impaciente, sin dejar de fruncir las cejas y mirar hacia un lado a otro del edificio, como si percibiera algo que le provocaba una creciente intranquilidad.
Después de un rato, por fin, atravesaron los jardines y pabellones y las enormes puertas de la Gran Escuela de Elwahir se abrieron mágicamente para franquearles el paso hasta el exterior. Una vez fuera, el abuelo se giró hacia la gigantesca muralla y comentó en voz baja, como si hablara consigo mismo:
-Así que el maestro Vexlaard, ¿no? Con éste ya van tres. Sí, hay que abandonar este nido de serpientes lo antes posible.
-¿El maestro Vexlaard? –preguntó Shawws, curioso.- Es mi maestro de Combate y Estrategia. Tú le conoces, ¿verdad? Me lo dijiste al llegar.
-Le conocía. Murió anoche, igual que los otros dos.- le contestó el anciano, serio. Shawws abrió ojos y boca por igual.
-¿Qué? ¡No puede ser! ¿Y… tú cómo sabes eso?
El abuelo le miró un momento, con ironía, como si le retase a averiguar cuánto era lo que sabía, antes de responder:
-Me lo ha dicho el decano Leone hace un rato, cuando he ido a pedirle permiso para que puedas salir y me acompañes.
Pero su nieto le devolvió una mirada llena de suspicacia.
-Abuelo, tú sabes lo que está ocurriendo en la Escuela, ¿verdad? Sabes quién ha matado a los estudiantes y ahora al maestro Vexlaard.
Pero Adames abrió mucho los brazos y exclamó:
-¡Viven los Antepasados! ¡Si pudiera adivinarlo, me ganaría la vida de esa forma, y no yendo de un lado para otro con este lamentable espectáculo ambulante, niño!
Tanto la exagerada exclamación, que le llamara “Niño”, como solían hacerlo los orcos, y el tono de su voz hicieron reír a Shawwshants, que apretó más el equipaje en la mano mientras sentía en su rostro la caricia helada del viento de finales de octubre. Al mirar un poco más allá, hacia el camino, vio las dos destartaladas carretas de Idhal Ahn, la compañía de comedias del abuelo, y su corazón dio un brinco de alegría. A partir de ahora, su vida iba a cambiar. Ahora era cuando realmente empezaba a vivir la existencia que siempre había soñado. Con una sonrisa radiante y mirando a su abuelo, agradeciéndole el comprenderle con los ojos, Shawws aligeró el paso hacia ellos.
¿Qué significaban realmente aquellas turbulentas noticias que procedían de la prestigiosa Gran Escuela de Elwahir? ¿Qué había propiciado el descubrimiento de aquella secta oscura y maligna al servicio de Ankhocheer, cuyo solo nombre estaba prohibido pronunciar, que implicaba a la mayoría de los miembros de la Mesa de Responsables? ¿Habían sido aquellas violentas muertes lo que había desencadenado que todo se destapase, o sólo era la consecuencia de la sed de sangre de aquel demonio condenado por los dioses? Inghamnas Sendaviva no entendía nada en absoluto. Podía imaginarse que la vorágine de muerte y corrupción que se abatía sobre una institución tan rancia como la Gran Escuela, era simple producto de la ambición y el ansia de poder de unos cuantos, pero no entendía cómo era que Shawwshants no le había informado de aquel horror viviéndolo desde su mismo origen. ¿Estaría realmente a salvo? ¿Quién garantizaba la seguridad de los estudiantes en aquellos tiempos oscuros, aparte de ellos mismos? Ingham no confiaba demasiado en la habilidad de su hijo para protegerse.
El grifo de Shawwshants, Armyan, aterrizó con un chillido justo enfrente de la Torre del Huso, derruida por su lado izquierdo y tan deslucida y opaca como jamás la había visto. Inghamnas soltó las riendas del animal tras acariciarle el plumaje del cuello y saltó al suelo con agilidad, ajustándose el cinturón de su regio y complicado traje de montar. Inmediatamente acudió alguien a su encuentro desde el edificio principal, un humano del Norte a juzgar por su aspecto macizo y sobrio, que le saludó con una respetuosa inclinación de cabeza. Inghamnas miró brevemente a su alrededor: la hierba agostada, los edificios quemados, en los que se movían rápidamente decenas de obreros para restaurarlos a su anterior esplendor. ¿Serían ciertos los rumores, y la Gran Escuela había quedado bajo la tutela de Loren, el hermano bastardo de Angdor el Exterminador, que se proponía reformarla a su completo albedrío?
-Soy Inghamnas Sendaviva, Primer Juez del Tribunal Supremo y Senador de la Cámara Diplomática de su Majestad Vehare, rey y emperador de Kennommah.
El humano volvió a inclinar la cabeza e Ingham endureció más su adusta expresión, si cabía, para preguntar:
-¿Dónde está mi hijo? Deseo verle enseguida.
Entonces hizo su aparición el propio príncipe Loren de Sárima, que se encaminó hacia ellos con paso lento. Sin decir nada, y mientras Ingham miraba desconfiadamente sus extraños Ojos de la Inmensidad, le tendió la mano para saludarle y el senador kennommah se la estrechó no sin reservas, mientras volvía a preguntar con impaciencia:
-¿Dónde está mi hijo, Shawwshants Mosheh Sendaviva?
Loren entrecerró los ojos un instante.
-¿Sendaviva, señor? No se encuentra con nosotros, en la Nueva Escuela de Elwahir. Shawwshants abandonó el valle a finales del mes de Octubre, en compañía de su abuelo Adames.
Hizo todo lo posible por contenerse, pero aun así tanto el humano del Norte como el príncipe vieron cómo el majestuoso cabeza del Tribunal Supremo de Kennommah enrojecía de pura indignación y, tras una corta y brusca despedida, se encaminaba de nuevo hacia el grifo que le había aguardado echado en la maltrecha hierba, atusándose suavemente las plumas con el pico.
La despedida de Ryanne fue muy breve y abundó en sonrisas. La chiquilla parecía feliz de que abandonase el lugar que ella consideraba como una prisión lujosa y le pidió que le enviase dulces y muchas cartas. Quería saberlo todo, a dónde iba, a quién conocía, quería ver como él los lugares que iba a visitar, la gente, la comida, las criaturas extrañas que pudiese ver… Shawws la abrazó muy fuerte, la llamó “hermanita” pese a las infantiles protestas de la princesa y recogió todas sus pertenencias de su habitación, dejándole a ésta el cuidado de sus libros y todo el material escolar que había ido recopilando durante aquellos dos largos meses.
Así que sólo le quedaba lo más difícil: despedirse de Deelrith. La escuela, frenética con los preparativos de la gran fiesta del día de Muertos, bullía de actividad; y aunque las extrañas muertes de aquellos estudiantes no habían caído en el olvido y todavía se oían muchos susurros acallados y se notaba cierta tensión en el ambiente, el jolgorio y la promesa de la fiesta habían suavizado muchísimo el nerviosismo reinante. Shawws se preguntó qué había ocurrido… o qué estaba ocurriendo en realidad, pensó de súbito con un estremecimiento, sin saber de dónde procedía aquella extraña idea. La imagen de Loren le sacudió la mente. ¿Es que tenía algo que ver con lo que sucedía? ¿Por qué? Él, que había llegado en un momento inoportuno, viniendo de tan lejos, y siendo quien era… ¿qué relación podía tener con un supuesto monstruo que mataba a sus víctimas y les vaciaba la sangre?
Aún pensaba en aquellos negros acontecimientos cuando vio a Deelrith esperando pacientemente en el templete de mármol que había bajo el sicómoro del jardín de las mujeres. La había citado allí el día anterior con esperanza de hablar con ella en privado, aunque no sabía exactamente qué iba a decirle, y al verla su corazón comenzó a latir desaforadamente y el rubor acudió a su rostro en una oleada cruel. Se aproximó a ella intentando serenarse y cuando ella le vio, le sonrió, dejándole sitio en el frío banco de mármol, a su lado.
-Me han dicho que te vas de la Escuela.- dijo ella, con una sonrisa algo dolida, como si le hiciera un reproche. Shawws la miró a los ojos durante unos instantes y asintió:
-Sí. Quería venir a decírtelo yo mismo.
-¿Con tu abuelo y esa compañía de teatro que me mencionaste alguna vez? Te vas con ellos, ¿verdad?
-Sí, eso es. Con mi abuelo Adames e Idhal Ahn, su compañía.-sonrió el muchacho, casi involuntariamente.- Esta vez me dejará ser actor.
-¡Eso es fantástico! –lo celebró Deelrith, apretándole las manos. Después añadió, mirando desconfiadamente a su alrededor:- Este lugar… no se ha vuelto muy seguro. Tienes que irte cuanto antes.
Y Shawws no pudo aguantarlo más. No pudo aguantar tenerla tan cerca sin decirle nada de lo que sentía, no pudo aguantar el peso inexplicable que de pronto tenía en el corazón, y sentía que debía decirle algo, lo que fuese, para aliviarlo. Sabía que ella no podría corresponderle, que estaba seguro de que no lo haría, pero sin embargo…
-Deelrith, yo… -comenzó, reflejándose en las pupilas azules de la princesa, tan extraordinariamente claras.- Tengo que decirte algo. Yo… me he portado muy mal contigo. Pero no quería… no quería verte junto a Loren. Era superior a mis fuerzas, Deelrith, porque… porque me enamoré de ti. Y lo siento, siento haber sido tan idiota, siento…
Deelrith le hizo una caricia en el rostro. Sus ojos se humedecieron con el brillo insolente de sus lágrimas y estrechó a Shawws entre sus brazos con fuerza, mientras decía en un susurro:
-Perdóname, Shawwshants, pero… Loren es mi destino. Desde el principio de mi vida. Sé que no es fácil de entender, pero tienes que hacerlo. No puedo corresponderte.
-Yo ya sabía…- y lenta y tranquilamente, las lágrimas también acudieron a los emocionados ojos del muchacho Jades, bañándolos con ellas.- Perdóname, Deel. No he sido justo contigo…
-Es mi destino, Shawws. Lo siento.
Y ambos continuaron abrazados durante un largo rato, poseídos por sus propias emociones, hasta que el atardecer declinó y Deelrith, de nuevo con una resplandeciente sonrisa iluminando su hermoso rostro de princesa humana, se despidió de él para siempre, sin falsas promesas ni esperanzas, sino con un sencillo gesto de la mano.
Adames Sendaviva entró al recibidor del pabellón masculino acompañado de un torbellino de nieve, con el ceño fruncido y una expresión peligrosamente seria a juicio de Shawwshants. Echó un breve vistazo a su nieto, que aguardaba sentado en uno de los divanes vestido con su más grueso abrigo y rodeado por sus pertenencias y varios estudiantes (dos elfos más, un humano corpulento, un enano, dos orcos y hasta una SyTha. Nunca había dudado en la capacidad de adaptación de su nieto y no se sorprendió de que hubiese hecho amigos de tan variopintas etnias); el chico se levantó inmediatamente de un salto al verle para ir hacia él y darle un abrazo. Adames miró hacia arriba, al techo decorado con impresionantes frescos y salientes dorados, el colmo del mal gusto, según su opinión de kennommah, y preguntó a Shawwshants pausadamente, como si temiera la respuesta:
-¿Dónde tienes el colgante que te di?
-Aquí, abuelo.- el jovencito rebuscó entre sus ropas y se lo mostró.- No me lo he quitado en todo el tiempo, como me dijiste. ¿Quieres que te lo devuelva?
-Buen chico. No, es para ti. - sonrió el anciano, dando un segundo y más fuerte abrazo a su nieto favorito y acariciándole el pelo.- Hay que irse enseguida de aquí. Idhal Ahn está fuera y no debemos hacerla esperar.
-Vale.- Shawws asintió, pero aún dedicó un par de minutos a repartir los últimos abrazos y promesas, hasta que su abuelo le llamó, impaciente, sin dejar de fruncir las cejas y mirar hacia un lado a otro del edificio, como si percibiera algo que le provocaba una creciente intranquilidad.
Después de un rato, por fin, atravesaron los jardines y pabellones y las enormes puertas de la Gran Escuela de Elwahir se abrieron mágicamente para franquearles el paso hasta el exterior. Una vez fuera, el abuelo se giró hacia la gigantesca muralla y comentó en voz baja, como si hablara consigo mismo:
-Así que el maestro Vexlaard, ¿no? Con éste ya van tres. Sí, hay que abandonar este nido de serpientes lo antes posible.
-¿El maestro Vexlaard? –preguntó Shawws, curioso.- Es mi maestro de Combate y Estrategia. Tú le conoces, ¿verdad? Me lo dijiste al llegar.
-Le conocía. Murió anoche, igual que los otros dos.- le contestó el anciano, serio. Shawws abrió ojos y boca por igual.
-¿Qué? ¡No puede ser! ¿Y… tú cómo sabes eso?
El abuelo le miró un momento, con ironía, como si le retase a averiguar cuánto era lo que sabía, antes de responder:
-Me lo ha dicho el decano Leone hace un rato, cuando he ido a pedirle permiso para que puedas salir y me acompañes.
Pero su nieto le devolvió una mirada llena de suspicacia.
-Abuelo, tú sabes lo que está ocurriendo en la Escuela, ¿verdad? Sabes quién ha matado a los estudiantes y ahora al maestro Vexlaard.
Pero Adames abrió mucho los brazos y exclamó:
-¡Viven los Antepasados! ¡Si pudiera adivinarlo, me ganaría la vida de esa forma, y no yendo de un lado para otro con este lamentable espectáculo ambulante, niño!
Tanto la exagerada exclamación, que le llamara “Niño”, como solían hacerlo los orcos, y el tono de su voz hicieron reír a Shawwshants, que apretó más el equipaje en la mano mientras sentía en su rostro la caricia helada del viento de finales de octubre. Al mirar un poco más allá, hacia el camino, vio las dos destartaladas carretas de Idhal Ahn, la compañía de comedias del abuelo, y su corazón dio un brinco de alegría. A partir de ahora, su vida iba a cambiar. Ahora era cuando realmente empezaba a vivir la existencia que siempre había soñado. Con una sonrisa radiante y mirando a su abuelo, agradeciéndole el comprenderle con los ojos, Shawws aligeró el paso hacia ellos.
¿Qué significaban realmente aquellas turbulentas noticias que procedían de la prestigiosa Gran Escuela de Elwahir? ¿Qué había propiciado el descubrimiento de aquella secta oscura y maligna al servicio de Ankhocheer, cuyo solo nombre estaba prohibido pronunciar, que implicaba a la mayoría de los miembros de la Mesa de Responsables? ¿Habían sido aquellas violentas muertes lo que había desencadenado que todo se destapase, o sólo era la consecuencia de la sed de sangre de aquel demonio condenado por los dioses? Inghamnas Sendaviva no entendía nada en absoluto. Podía imaginarse que la vorágine de muerte y corrupción que se abatía sobre una institución tan rancia como la Gran Escuela, era simple producto de la ambición y el ansia de poder de unos cuantos, pero no entendía cómo era que Shawwshants no le había informado de aquel horror viviéndolo desde su mismo origen. ¿Estaría realmente a salvo? ¿Quién garantizaba la seguridad de los estudiantes en aquellos tiempos oscuros, aparte de ellos mismos? Ingham no confiaba demasiado en la habilidad de su hijo para protegerse.
El grifo de Shawwshants, Armyan, aterrizó con un chillido justo enfrente de la Torre del Huso, derruida por su lado izquierdo y tan deslucida y opaca como jamás la había visto. Inghamnas soltó las riendas del animal tras acariciarle el plumaje del cuello y saltó al suelo con agilidad, ajustándose el cinturón de su regio y complicado traje de montar. Inmediatamente acudió alguien a su encuentro desde el edificio principal, un humano del Norte a juzgar por su aspecto macizo y sobrio, que le saludó con una respetuosa inclinación de cabeza. Inghamnas miró brevemente a su alrededor: la hierba agostada, los edificios quemados, en los que se movían rápidamente decenas de obreros para restaurarlos a su anterior esplendor. ¿Serían ciertos los rumores, y la Gran Escuela había quedado bajo la tutela de Loren, el hermano bastardo de Angdor el Exterminador, que se proponía reformarla a su completo albedrío?
-Soy Inghamnas Sendaviva, Primer Juez del Tribunal Supremo y Senador de la Cámara Diplomática de su Majestad Vehare, rey y emperador de Kennommah.
El humano volvió a inclinar la cabeza e Ingham endureció más su adusta expresión, si cabía, para preguntar:
-¿Dónde está mi hijo? Deseo verle enseguida.
Entonces hizo su aparición el propio príncipe Loren de Sárima, que se encaminó hacia ellos con paso lento. Sin decir nada, y mientras Ingham miraba desconfiadamente sus extraños Ojos de la Inmensidad, le tendió la mano para saludarle y el senador kennommah se la estrechó no sin reservas, mientras volvía a preguntar con impaciencia:
-¿Dónde está mi hijo, Shawwshants Mosheh Sendaviva?
Loren entrecerró los ojos un instante.
-¿Sendaviva, señor? No se encuentra con nosotros, en la Nueva Escuela de Elwahir. Shawwshants abandonó el valle a finales del mes de Octubre, en compañía de su abuelo Adames.
Hizo todo lo posible por contenerse, pero aun así tanto el humano del Norte como el príncipe vieron cómo el majestuoso cabeza del Tribunal Supremo de Kennommah enrojecía de pura indignación y, tras una corta y brusca despedida, se encaminaba de nuevo hacia el grifo que le había aguardado echado en la maltrecha hierba, atusándose suavemente las plumas con el pico.
domingo 19 de octubre de 2008
Vintage Blossom
Hola a tod@s!
Ya tenemos listo el primer modelo de la colección de otoño de Doll Valley Shop! Consta de gorrito tipo "amish", en lino y tul, con cinta de raso marrón, vestido en lino color tostado con aplique de flor de raso y falda en punto marrón y tul. La talla es MSD.
Podéis verlo en la tienda del foro de Spirit of Doll, aquí tenéis el link: http://spiritofdoll.com/phpbb2/viewtopic.php?t=136
Y si queréis más fotos, podéis verlas aquí: http://spiritofdoll.com/phpbb2/viewtopic.php?p=124947#124947
miércoles 8 de octubre de 2008
Mi niña
- ¿Querías verme?
- Así es.
Riannethesse FlamaÍgnea, princesa de Kennommah, despidió con un brusco gesto a Orthan, su mayordomo - su mayordomo y no su cuidador, puesto que al menos ella ya no se consideraba ninguna niña - y echó a correr, olvidando el protocolo, cubriendo rápidamente la distancia que la separaba de su padre. Al ver, aunque sólo de soslayo, la furia que irradiaban los decididos ojos de su hija, Vehare FlamaÍgnea, rey de Kennommah, se dejó caer contra el respaldo del sillón tapizado y, bajando la cabeza, se cubrió los ojos con una mano. Levantó la otra, con la esperanza de disuadir a su hija en su determinado avance, sin conseguirlo.
La joven vio el gesto de su padre, y lo comprendió, pero había esperado mucho tiempo aquel encuentro y las formalidades eran en ese instante algo ridículo y carente del más mínimo sentido. Rodeando la maciza mesa de cedro, la princesa de Kennommah arrebató a su padre la mano de los ojos y descargó su pequeño puño contra la superficie pulcramente barnizada del escritorio. Hubiese querido hacerla vibrar, para reafirmar con contundencia su gesto, pero al fin y al cabo, sus fuerzas seguían siendo las de una niña.
- ¡¡Exijo saber qué significa esto!! - gritó, agitando en el aire un puñado de arrugados manuscritos que había extraído de algún lugar de entre sus ropajes.
Vehare contempló a su hija durante unos momentos, temeroso, mientras se encogía en su regio asiento. Frunciendo los labios, desvió la vista hacia el suelo, pero su desvalida expresión no contentó demasiado a su encolerizada heredera. Avanzando aún más, la pequeña princesa de Kennommah asió a su padre y rey por la barbilla, suave pero firmemente, obligándole a mirarla a los ojos.
- ¡ No finjas que no me escuchas, padre! ¡Esta vez no te lo consentiré! ¡Vas a decirme en este instante qué significa toda esta sarta de absurdos! - la jovencita apretó entre sus dedos las mejillas del monarca y agitó los papeles ante sus ojos con la mano derecha, apremiándole.- ¡Y quiero una respuesta ahora!!
Vehare exhaló un largo suspiro y se deshizo lentamente de la tenaza a la que su hija le tenía sometido, soltando pacientemente sus deditos uno a uno, evitando su mirada en todo momento. Cuando estuvo de nuevo libre, Vehare bajó la cabeza y, con un nuevo suspiro, anunció:
-Significa lo que significa, hija mía.
Sin embargo, en esta ocasión, las continuas ambiguedades a las que Vehare tenía acostumbrados a sus súbditos no iban a servirle como escudo... al menos, frente a su hija, no.
- ¿Sí? ¿Y qué significa exactamente? - los ojos de Rianne destellaron, iracundos.- ¿Que vas a entregar la nación sin condiciones a ese bastardo humano, como lo hicieron los cobardes de Iaiinommarj? ¿Es eso lo que quieres decir con esa estupidez de “Me siento demasiado viejo y cansado para luchar”, padre? ¡¿Es eso?! - la joven volvió a subrayar el énfasis de su frase con un nuevo golpe en la mesa, fuera de sí.
Mordiéndose los labios, Vehare fue incapaz de responder a las punzantes preguntas de su hija y, sacudido por un leve temblor, sólo pudo guardar silencio.
- ¡Por todos los dioses del Taioh, padre! – Rianne se apartó un instante de él para mirarle, con la desesperación sombreando de oscuro su frente infantil.- ¡¡Dime que este Consejo ha sido un lamentable error!! ¡Tienes más de mil años!! ¿Eres ahora demasiado viejo para luchar por tu pueblo, para defender lo que es tuyo por derecho? ¡Vamos, contéstame!! ¡Contéstame, padre!
De nuevo la pregunta de Rianne se esfumó en el perfumado ambiente del despacho real. Desolada, casi sin fuerzas, la princesa se arrodilló en la alfombra para conseguir encontrar los ojos de su rey y tener la oportunidad de reflejarse en ellos.
- ¡Padre, dime que esta carta que me enviaron a la Escuela es pura fantasía! ¡¡Dímelo, te lo ruego, necesito oírte decir que la rendición sólo es un falso rumor!!
La visión de los ojos acuosos y de súbito ausentes de su padre, en otro tiempo tan firmes y hermosos, enmudecieron a la muchacha. Aquélla era la única verdad: su padre pensaba poner Kennommah en manos del Emperador de Sárima sin ni siquiera presentar batalla por su pueblo. Ryanne se sintió de repente pequeña, muy pequeña, observando cómo la miraban, cómo la engullían, los grandes y despiadados ojos del monstruo que era su padre y además, su rey.
- Padre, por la bendita memoria de mi madre, dime que no vas a entregar Kennommah.
Riannethesse lloraba. Dos solitarias lágrimas corrían por su rostro de niña y convertían su cara en un horrendo espejo de madurez prematura. Inmediatamente Vehare sintió cómo también el llanto acudía a sus ojos, pero tuvo conciencia de que ya era demasiado tarde, que sus lágrimas no tenían perdón.
-Hija mía... mi niña...
La princesa volvió a incorporarse, y Vehare siguió sus movimientos con la vista, haciendo un tremendo esfuerzo por no bajar la cabeza como un chiquillo apesadumbrado que se sabe culpable de una travesura.
- ¿Y qué piensas que vas a hacer? - tronó la muchacha de súbito, contrariando sus propias lágrimas.- ¿Ponerte de acuerdo con ese maldito humano y firmar un tratado que sabes que no respetará? ¡Un humano que cumple su palabra!! ¡Hay que ser muy inocente para creerse eso!!
El dolor y la amargura en la expresión de la princesa habían dado paso a un desprecio tal que dolía. Vehare se sintió herido en su orgullo, herido porque fuera su hija quien cuestionara sus decisiones y herido de nuevo porque sólo era una chiquilla. Él, que había mandado ejércitos en su juventud, que había llevado a su pueblo al poder y la gloria... ahora era intimidado por una niña que había llegado a tener más fuerza y pasión de la que jamás tuvo él en su vida.
- Riannethesse, si has terminado de poner en juicio mi decisión, - logró decir, frunciendo levemente las cejas.- Estoy cansado, y me gustaría estar solo.
Rianne volvió a acercarse, poniendo su rostro a escasos centímetros del de su padre mientras le apretaba las manos con fuerza y sus ojos se abrían como flores al amanecer, despiadados y sombríos.
- ¿Por qué estás cansado, padre? ¿¡Por qué, maldita sea?! ¡No será de llevar el peso del gobierno, cuando sólo eres una marioneta de los nobles!! ¿Cuántas veces he tenido que dedicarme a enmendar tus errores? ¡Yo sí que debería estar cansada de este juego! ¡Debería obligarte a abdicar!
El terror y la indignación, a partes iguales, hicieron palidecer al excelso soberano de Kennommah mientras sus dilatadas pupilas contemplaban a su enfurecida hija, quien le apretaba las manos con una fuerza inusitada en una chiquilla como ella. Rianne, ajena a sus pensamientos, continuó, implacable:
- No vas a hacer tal cosa, ¿me oyes? No vas a regalar nuestra nación a nadie que lo reclame por puro capricho, y menos a un humano codicioso que lo arrasará a fuego y sangre! ¡Angdor el Exterminador codicia Kennommah, siempre lo ha hecho... pero no se hará con él! Mañana mismo daré orden de hacer recuento de las tropas de las que disponemos, ¡y me importa muy poco lo que opinen los Altos Generales sobre la cuestión!! ¡Su vida es la lucha, y yo les llevaré a la batalla!
Por primera vez, Vehare enfrentó la mirada decidida de su hija con otra que recordaba el monarca de antaño, el rey que había sido y al que todos habían venerado.
- No lo harás.
- ¿Que no haré...?
El rey se libró de las manos de la jovencita con decisión.
- Regresarás a la Escuela de Elwahir mañana mismo, Ryannethesse. Allí estarás segura.
- ¡No! - se rebeló la princesa, con un grito, herida de muerte en su corazón.- ¡¡No volverás a usar ese viejo truco!! No pienso regresar a Elwahir dejando el futuro de la nación en tus manos, ¡no lo permitiré!. – y añadió, señalándole acusadoramente.- ¿Por qué en esta ocasión no haces caso de los consejos de tu amante? Exhortar a los nobles a la lucha es de las cosas con más sentido común que ha hecho nunca.
Vehare entrecerró los ojos, tomando nota del reproche, y se frotó las doloridas manos, impresas con las marcas de los dedos de su hija. Se levantó del asiento, irguiendo su aún imponente figura, y dijo con dureza:
- Aún soy el rey, y harás lo que yo ordene, ¡aún eres sólo una niña! Mañana te pondrás en camino para regresar a la Escuela. Y si no tienes nada más que decir, márchate. Te espera un largo viaje.
La cólera subió a las mejillas de la princesa Flamaígnea como una oleada que iría consumiéndola poco a poco, destruyendo el frágil amor hacia su padre, que él mismo se había encargado de poner a prueba tantas veces.
Rianne se permitió la licencia de volver a llorar, pero su llanto encontró la mirada de su padre, que, tras la firmeza mostrada hacía sólo un instante, había vuelto a ser la del monarca decadente en el que se había convertido. La princesa, ataviada con un vestido de color verde esmeralda, a juego con sus bellos ojos, parecía más que nunca una muñeca maltratada por una niña... o quizá una niña maltratada por la vida, por unas circunstancias que se escapaban de sus pequeñas manitas, que sólo debían haber estado destinadas a jugar.
-Ruega porque los dioses nos ayuden, padre.- sentenció la princesa. Para Vehare, que era muy supersticioso, aquella negra afirmación fue como el peor de los augurios.- Porque si ellos no nos amparan, nadie lo hará.
Apretando la maltratada carta en sus manos, que había rescatado de la alfombra, sabiendo que nada podía hacer contra una orden expresa de su rey, que además se escudaba en su minoría de edad, dio media vuelta y abandonó las dependencias privadas de Vehare, consumida por la rabia, el dolor y la impotencia.
Vehare apenas esperó a oír el portazo que aseguraba que su decepcionada hija había abandonado sus dependencias. Sin ningún recato, puesto que ahora estaba solo, el consumido y pusilánime rey de Kennommah se derrumbó en su regio sillón, dando rienda suelta a un torrente de lágrimas tan descontrolado como su gobierno de la nación. Sabía que el amor de su hija se había abrasado en el fuego de su cólera, y deseaba morir porque perdía el único afecto sincero que le quedaba, pero se sentía incapaz de luchar por recuperarlo. Sólo quedaba en él un hondo sentimiento de haber traicionado a todos, a su hija, a su nación... a sí mismo.
-Eras mi niña... –sollozó Vehare de Kennommah, en otros tiempos Vehare el Poderoso, el Fuerte, el Inmortal.- Sólo una niña... mi niña... oh, dioses, ¿en qué te he convertido?
- Alteza... digo, Ryanne...
El balcón de la princesa estaba abierto, dejando entrar la brisa fresca de la noche. Shawwshants pasó la balaustrada con un salto y miró entre las finas cortinas, para ver si había llegado en buen momento o no. La sempiterna luz del candil derramaba su difuso resplandor en un rincón, pero no se veía a Rianne por ninguna parte. Sólo le llegaba, muy débil, el sonido de su voz, que entonaba una y otra vez las frases de una melodía infantil:
Los soldados del Rey
jugaban a la guerra,
toma, dale, ¿quién ganará...?
Soldado con soldado
pelean sin parar.
Shawws supo al instante que algo iba mal. Y confirmó su sospecha cuando descubrió a la princesa, sentada sobre el suelo con la espalda apoyada sobre una de las paredes, canturreando sin cesar la misma cancioncilla. A sus pies tenía desperdigados las docenas de figuritas que componían su maqueta de asalto favorita y que ambos, tarde tras tarde, habían distribuido pacientemente por el amplio territorio. Él también había tenido juegos como aquél de niño, pero siempre había terminado perdiendo la mayoría de las piezas. Rianne, sin embargo, adoraba aquella fortaleza, aquellos bosques en miniatura, y los mimaba más que a cualquiera de sus muñecas. Pero ahora tenía el objeto de su orgullo desparramado en la alfombra, inexplicablemente, sin orden ni concierto.
- Rianne... - la llamó suavemente Shawws, tomando asiento junto a ella.- ¿Qué ocurre? ¿Te ha pasado algo?
La jovencita, sin dejar de mirar fijamente al suelo, le tendió sin una palabra unos papeles arrugados que apretaba obcecadamente en la mano derecha. Shawws los cogió sin comprender, pero cuando sus ojos se deslizaron por las primeras líneas escritas en ellos, entendió la extraña reacción de su pequeña amiga.
- No hace falta que los lea. - anunció – El informe del Consejo... por la Torre corren rumores.- y añadió cuidadosamente.- Malos rumores.
- Malos rumores. – repitió la chiquilla, mirándole por primera vez. Sus grandes ojos verdes aún estaban húmedos y enrojecidos, pero ya no lloraba. Hubiera sido una grave falta para ella llorar delante de Shawwshants. - ¿Tan malos como los que circulaban por Iaiinommarj antes de que se rindieran a Angdor el Exterminador?
Shawws frunció el entrecejo, percibiendo el tono despectivo que impregnaba las palabras de la princesa y, dispuesto a partir una lanza en favor de los Iaiinommarj, respondió:
- No eres justa con ellos, Rianne. Ponte en el lugar de esa pobre gente, ¿era mejor presentar batalla que la rendición? ¡Estaban completamente cercados!
- ¡¡Ya lo hago!! - gritó la niña, desolada - ¿¡ Y eso es lo mejor?! ¡¡Mi padre quiere entregarle el país a Angdor el Exterminador y yo debo contemplarlo sin poder hacer nada más que lamentarme!! Por eso quiere que regrese a Elwahir cuanto antes. Los senadores y los demás intrigantes de la Corte saben que constituyo un peligro para ellos y le manipulan para que me quite de enmedio... y enviarme de vuelta a la Escuela es la mejor excusa para librarse de la cabezota princesita, por supuesto.
El muchacho se quedó sin argumentos ante la apasionada declaración de la chiquilla. Lo único que pudo hacer fue cogerle una mano y apretársela entre las suyas, para intentar confortarla un poco.
- ¡Tenemos que luchar, Shawws! ¿Tienes conciencia de lo que significaría una rendición? No podemos terminar como esclavos de un Emperador cruel y despiadado, ¡sería el fin de nuestra raza! Pero mi padre no parece entenderlo, ¡dioses! ¿Cómo podría comprenderlo? Ya no es el que era... agradezco que mi madre no esté ya aquí para que pueda ver lo que pretende hacer con su gente...
Pero Shawwshants, que conocía a la princesa desde su nacimiento, se negaba a pensar que hubiese jugado ya todas sus cartas en aquel asunto, y se aventuró a preguntarle:
- Rianne, ¿qué... qué piensas hacer?
La princesa retorció las manos en el regazo.
- ¡¡No lo sé!! Formar clandestinamente una resistencia armada y reunir a mis partidarios en la Corte, ¡no sé! Suena tan sencillo, pero... ¡oh, dioses, sólo soy una niña! ¿Me seguirían?¿Quién me seguiría aparte de mis paladines y mis damas de compañía?¿Qué puedo hacer yo, Shawws? ¿Qué puedo hacer? ¡Soy una niña! ¡Una niña!
- Oh, mi princesa, no te mereces nada de esto. - el joven acarició aquellas blancas manos infantiles, y redondas y frías gotas comenzaron a rebotar en su piel. La orgullosa princesa de Kennommah lloraba, lloraba como la niña que era y como la niña que se sentía en aquel momento crucial. Se abrazó a su confidente y compañero de juegos con fuerza, mientras rompía en desconsolados sollozos que acabaron con la compostura y el aplomo que intentaba mantener a duras penas.
- ¡Es nuestro rey! ¿Por qué hace esto a su pueblo? ¡Es mi padre! ¿Por qué me aparta de todo, a mí, a su hija y heredera? ¿Por qué lo hace, Shawws? ¡Dioses, quisiera que todo esto fuera tan sólo un mal sueño!
- Desgraciadamente para todos, Rianne, no lo es.- suspiró el muchacho, una vez más impotente para ofrecer algún consuelo.- Desgraciadamente, no lo es.
Shawwshants abrazó a la princesa tan fuerte como se lo permitieron sus fuerzas. A él también le invadió aquel asfixiante sentimiento de amargura y debilidad, mientras pensaba que todo lo que le ocurría a Rianne no era sino la sucia jugada del tenebroso destino que se le avecinaba.
-“Eres mi niña, nuestra niña, la niña de Kennommah. –el joven abrazó a la princesa aún más fuerte, sollozando a su vez.- Si supiese protegerte como es debido, si hubiésemos aprendido a velar por ti, mi niña, nuestra niña, nadie podría hacerte daño... mi preciosa pequeña... ¿es ahora demasiado tarde?”
- Así es.
Riannethesse FlamaÍgnea, princesa de Kennommah, despidió con un brusco gesto a Orthan, su mayordomo - su mayordomo y no su cuidador, puesto que al menos ella ya no se consideraba ninguna niña - y echó a correr, olvidando el protocolo, cubriendo rápidamente la distancia que la separaba de su padre. Al ver, aunque sólo de soslayo, la furia que irradiaban los decididos ojos de su hija, Vehare FlamaÍgnea, rey de Kennommah, se dejó caer contra el respaldo del sillón tapizado y, bajando la cabeza, se cubrió los ojos con una mano. Levantó la otra, con la esperanza de disuadir a su hija en su determinado avance, sin conseguirlo.
La joven vio el gesto de su padre, y lo comprendió, pero había esperado mucho tiempo aquel encuentro y las formalidades eran en ese instante algo ridículo y carente del más mínimo sentido. Rodeando la maciza mesa de cedro, la princesa de Kennommah arrebató a su padre la mano de los ojos y descargó su pequeño puño contra la superficie pulcramente barnizada del escritorio. Hubiese querido hacerla vibrar, para reafirmar con contundencia su gesto, pero al fin y al cabo, sus fuerzas seguían siendo las de una niña.
- ¡¡Exijo saber qué significa esto!! - gritó, agitando en el aire un puñado de arrugados manuscritos que había extraído de algún lugar de entre sus ropajes.
Vehare contempló a su hija durante unos momentos, temeroso, mientras se encogía en su regio asiento. Frunciendo los labios, desvió la vista hacia el suelo, pero su desvalida expresión no contentó demasiado a su encolerizada heredera. Avanzando aún más, la pequeña princesa de Kennommah asió a su padre y rey por la barbilla, suave pero firmemente, obligándole a mirarla a los ojos.
- ¡ No finjas que no me escuchas, padre! ¡Esta vez no te lo consentiré! ¡Vas a decirme en este instante qué significa toda esta sarta de absurdos! - la jovencita apretó entre sus dedos las mejillas del monarca y agitó los papeles ante sus ojos con la mano derecha, apremiándole.- ¡Y quiero una respuesta ahora!!
Vehare exhaló un largo suspiro y se deshizo lentamente de la tenaza a la que su hija le tenía sometido, soltando pacientemente sus deditos uno a uno, evitando su mirada en todo momento. Cuando estuvo de nuevo libre, Vehare bajó la cabeza y, con un nuevo suspiro, anunció:
-Significa lo que significa, hija mía.
Sin embargo, en esta ocasión, las continuas ambiguedades a las que Vehare tenía acostumbrados a sus súbditos no iban a servirle como escudo... al menos, frente a su hija, no.
- ¿Sí? ¿Y qué significa exactamente? - los ojos de Rianne destellaron, iracundos.- ¿Que vas a entregar la nación sin condiciones a ese bastardo humano, como lo hicieron los cobardes de Iaiinommarj? ¿Es eso lo que quieres decir con esa estupidez de “Me siento demasiado viejo y cansado para luchar”, padre? ¡¿Es eso?! - la joven volvió a subrayar el énfasis de su frase con un nuevo golpe en la mesa, fuera de sí.
Mordiéndose los labios, Vehare fue incapaz de responder a las punzantes preguntas de su hija y, sacudido por un leve temblor, sólo pudo guardar silencio.
- ¡Por todos los dioses del Taioh, padre! – Rianne se apartó un instante de él para mirarle, con la desesperación sombreando de oscuro su frente infantil.- ¡¡Dime que este Consejo ha sido un lamentable error!! ¡Tienes más de mil años!! ¿Eres ahora demasiado viejo para luchar por tu pueblo, para defender lo que es tuyo por derecho? ¡Vamos, contéstame!! ¡Contéstame, padre!
De nuevo la pregunta de Rianne se esfumó en el perfumado ambiente del despacho real. Desolada, casi sin fuerzas, la princesa se arrodilló en la alfombra para conseguir encontrar los ojos de su rey y tener la oportunidad de reflejarse en ellos.
- ¡Padre, dime que esta carta que me enviaron a la Escuela es pura fantasía! ¡¡Dímelo, te lo ruego, necesito oírte decir que la rendición sólo es un falso rumor!!
La visión de los ojos acuosos y de súbito ausentes de su padre, en otro tiempo tan firmes y hermosos, enmudecieron a la muchacha. Aquélla era la única verdad: su padre pensaba poner Kennommah en manos del Emperador de Sárima sin ni siquiera presentar batalla por su pueblo. Ryanne se sintió de repente pequeña, muy pequeña, observando cómo la miraban, cómo la engullían, los grandes y despiadados ojos del monstruo que era su padre y además, su rey.
- Padre, por la bendita memoria de mi madre, dime que no vas a entregar Kennommah.
Riannethesse lloraba. Dos solitarias lágrimas corrían por su rostro de niña y convertían su cara en un horrendo espejo de madurez prematura. Inmediatamente Vehare sintió cómo también el llanto acudía a sus ojos, pero tuvo conciencia de que ya era demasiado tarde, que sus lágrimas no tenían perdón.
-Hija mía... mi niña...
La princesa volvió a incorporarse, y Vehare siguió sus movimientos con la vista, haciendo un tremendo esfuerzo por no bajar la cabeza como un chiquillo apesadumbrado que se sabe culpable de una travesura.
- ¿Y qué piensas que vas a hacer? - tronó la muchacha de súbito, contrariando sus propias lágrimas.- ¿Ponerte de acuerdo con ese maldito humano y firmar un tratado que sabes que no respetará? ¡Un humano que cumple su palabra!! ¡Hay que ser muy inocente para creerse eso!!
El dolor y la amargura en la expresión de la princesa habían dado paso a un desprecio tal que dolía. Vehare se sintió herido en su orgullo, herido porque fuera su hija quien cuestionara sus decisiones y herido de nuevo porque sólo era una chiquilla. Él, que había mandado ejércitos en su juventud, que había llevado a su pueblo al poder y la gloria... ahora era intimidado por una niña que había llegado a tener más fuerza y pasión de la que jamás tuvo él en su vida.
- Riannethesse, si has terminado de poner en juicio mi decisión, - logró decir, frunciendo levemente las cejas.- Estoy cansado, y me gustaría estar solo.
Rianne volvió a acercarse, poniendo su rostro a escasos centímetros del de su padre mientras le apretaba las manos con fuerza y sus ojos se abrían como flores al amanecer, despiadados y sombríos.
- ¿Por qué estás cansado, padre? ¿¡Por qué, maldita sea?! ¡No será de llevar el peso del gobierno, cuando sólo eres una marioneta de los nobles!! ¿Cuántas veces he tenido que dedicarme a enmendar tus errores? ¡Yo sí que debería estar cansada de este juego! ¡Debería obligarte a abdicar!
El terror y la indignación, a partes iguales, hicieron palidecer al excelso soberano de Kennommah mientras sus dilatadas pupilas contemplaban a su enfurecida hija, quien le apretaba las manos con una fuerza inusitada en una chiquilla como ella. Rianne, ajena a sus pensamientos, continuó, implacable:
- No vas a hacer tal cosa, ¿me oyes? No vas a regalar nuestra nación a nadie que lo reclame por puro capricho, y menos a un humano codicioso que lo arrasará a fuego y sangre! ¡Angdor el Exterminador codicia Kennommah, siempre lo ha hecho... pero no se hará con él! Mañana mismo daré orden de hacer recuento de las tropas de las que disponemos, ¡y me importa muy poco lo que opinen los Altos Generales sobre la cuestión!! ¡Su vida es la lucha, y yo les llevaré a la batalla!
Por primera vez, Vehare enfrentó la mirada decidida de su hija con otra que recordaba el monarca de antaño, el rey que había sido y al que todos habían venerado.
- No lo harás.
- ¿Que no haré...?
El rey se libró de las manos de la jovencita con decisión.
- Regresarás a la Escuela de Elwahir mañana mismo, Ryannethesse. Allí estarás segura.
- ¡No! - se rebeló la princesa, con un grito, herida de muerte en su corazón.- ¡¡No volverás a usar ese viejo truco!! No pienso regresar a Elwahir dejando el futuro de la nación en tus manos, ¡no lo permitiré!. – y añadió, señalándole acusadoramente.- ¿Por qué en esta ocasión no haces caso de los consejos de tu amante? Exhortar a los nobles a la lucha es de las cosas con más sentido común que ha hecho nunca.
Vehare entrecerró los ojos, tomando nota del reproche, y se frotó las doloridas manos, impresas con las marcas de los dedos de su hija. Se levantó del asiento, irguiendo su aún imponente figura, y dijo con dureza:
- Aún soy el rey, y harás lo que yo ordene, ¡aún eres sólo una niña! Mañana te pondrás en camino para regresar a la Escuela. Y si no tienes nada más que decir, márchate. Te espera un largo viaje.
La cólera subió a las mejillas de la princesa Flamaígnea como una oleada que iría consumiéndola poco a poco, destruyendo el frágil amor hacia su padre, que él mismo se había encargado de poner a prueba tantas veces.
Rianne se permitió la licencia de volver a llorar, pero su llanto encontró la mirada de su padre, que, tras la firmeza mostrada hacía sólo un instante, había vuelto a ser la del monarca decadente en el que se había convertido. La princesa, ataviada con un vestido de color verde esmeralda, a juego con sus bellos ojos, parecía más que nunca una muñeca maltratada por una niña... o quizá una niña maltratada por la vida, por unas circunstancias que se escapaban de sus pequeñas manitas, que sólo debían haber estado destinadas a jugar.
-Ruega porque los dioses nos ayuden, padre.- sentenció la princesa. Para Vehare, que era muy supersticioso, aquella negra afirmación fue como el peor de los augurios.- Porque si ellos no nos amparan, nadie lo hará.
Apretando la maltratada carta en sus manos, que había rescatado de la alfombra, sabiendo que nada podía hacer contra una orden expresa de su rey, que además se escudaba en su minoría de edad, dio media vuelta y abandonó las dependencias privadas de Vehare, consumida por la rabia, el dolor y la impotencia.
Vehare apenas esperó a oír el portazo que aseguraba que su decepcionada hija había abandonado sus dependencias. Sin ningún recato, puesto que ahora estaba solo, el consumido y pusilánime rey de Kennommah se derrumbó en su regio sillón, dando rienda suelta a un torrente de lágrimas tan descontrolado como su gobierno de la nación. Sabía que el amor de su hija se había abrasado en el fuego de su cólera, y deseaba morir porque perdía el único afecto sincero que le quedaba, pero se sentía incapaz de luchar por recuperarlo. Sólo quedaba en él un hondo sentimiento de haber traicionado a todos, a su hija, a su nación... a sí mismo.
-Eras mi niña... –sollozó Vehare de Kennommah, en otros tiempos Vehare el Poderoso, el Fuerte, el Inmortal.- Sólo una niña... mi niña... oh, dioses, ¿en qué te he convertido?
- Alteza... digo, Ryanne...
El balcón de la princesa estaba abierto, dejando entrar la brisa fresca de la noche. Shawwshants pasó la balaustrada con un salto y miró entre las finas cortinas, para ver si había llegado en buen momento o no. La sempiterna luz del candil derramaba su difuso resplandor en un rincón, pero no se veía a Rianne por ninguna parte. Sólo le llegaba, muy débil, el sonido de su voz, que entonaba una y otra vez las frases de una melodía infantil:
Los soldados del Rey
jugaban a la guerra,
toma, dale, ¿quién ganará...?
Soldado con soldado
pelean sin parar.
Shawws supo al instante que algo iba mal. Y confirmó su sospecha cuando descubrió a la princesa, sentada sobre el suelo con la espalda apoyada sobre una de las paredes, canturreando sin cesar la misma cancioncilla. A sus pies tenía desperdigados las docenas de figuritas que componían su maqueta de asalto favorita y que ambos, tarde tras tarde, habían distribuido pacientemente por el amplio territorio. Él también había tenido juegos como aquél de niño, pero siempre había terminado perdiendo la mayoría de las piezas. Rianne, sin embargo, adoraba aquella fortaleza, aquellos bosques en miniatura, y los mimaba más que a cualquiera de sus muñecas. Pero ahora tenía el objeto de su orgullo desparramado en la alfombra, inexplicablemente, sin orden ni concierto.
- Rianne... - la llamó suavemente Shawws, tomando asiento junto a ella.- ¿Qué ocurre? ¿Te ha pasado algo?
La jovencita, sin dejar de mirar fijamente al suelo, le tendió sin una palabra unos papeles arrugados que apretaba obcecadamente en la mano derecha. Shawws los cogió sin comprender, pero cuando sus ojos se deslizaron por las primeras líneas escritas en ellos, entendió la extraña reacción de su pequeña amiga.
- No hace falta que los lea. - anunció – El informe del Consejo... por la Torre corren rumores.- y añadió cuidadosamente.- Malos rumores.
- Malos rumores. – repitió la chiquilla, mirándole por primera vez. Sus grandes ojos verdes aún estaban húmedos y enrojecidos, pero ya no lloraba. Hubiera sido una grave falta para ella llorar delante de Shawwshants. - ¿Tan malos como los que circulaban por Iaiinommarj antes de que se rindieran a Angdor el Exterminador?
Shawws frunció el entrecejo, percibiendo el tono despectivo que impregnaba las palabras de la princesa y, dispuesto a partir una lanza en favor de los Iaiinommarj, respondió:
- No eres justa con ellos, Rianne. Ponte en el lugar de esa pobre gente, ¿era mejor presentar batalla que la rendición? ¡Estaban completamente cercados!
- ¡¡Ya lo hago!! - gritó la niña, desolada - ¿¡ Y eso es lo mejor?! ¡¡Mi padre quiere entregarle el país a Angdor el Exterminador y yo debo contemplarlo sin poder hacer nada más que lamentarme!! Por eso quiere que regrese a Elwahir cuanto antes. Los senadores y los demás intrigantes de la Corte saben que constituyo un peligro para ellos y le manipulan para que me quite de enmedio... y enviarme de vuelta a la Escuela es la mejor excusa para librarse de la cabezota princesita, por supuesto.
El muchacho se quedó sin argumentos ante la apasionada declaración de la chiquilla. Lo único que pudo hacer fue cogerle una mano y apretársela entre las suyas, para intentar confortarla un poco.
- ¡Tenemos que luchar, Shawws! ¿Tienes conciencia de lo que significaría una rendición? No podemos terminar como esclavos de un Emperador cruel y despiadado, ¡sería el fin de nuestra raza! Pero mi padre no parece entenderlo, ¡dioses! ¿Cómo podría comprenderlo? Ya no es el que era... agradezco que mi madre no esté ya aquí para que pueda ver lo que pretende hacer con su gente...
Pero Shawwshants, que conocía a la princesa desde su nacimiento, se negaba a pensar que hubiese jugado ya todas sus cartas en aquel asunto, y se aventuró a preguntarle:
- Rianne, ¿qué... qué piensas hacer?
La princesa retorció las manos en el regazo.
- ¡¡No lo sé!! Formar clandestinamente una resistencia armada y reunir a mis partidarios en la Corte, ¡no sé! Suena tan sencillo, pero... ¡oh, dioses, sólo soy una niña! ¿Me seguirían?¿Quién me seguiría aparte de mis paladines y mis damas de compañía?¿Qué puedo hacer yo, Shawws? ¿Qué puedo hacer? ¡Soy una niña! ¡Una niña!
- Oh, mi princesa, no te mereces nada de esto. - el joven acarició aquellas blancas manos infantiles, y redondas y frías gotas comenzaron a rebotar en su piel. La orgullosa princesa de Kennommah lloraba, lloraba como la niña que era y como la niña que se sentía en aquel momento crucial. Se abrazó a su confidente y compañero de juegos con fuerza, mientras rompía en desconsolados sollozos que acabaron con la compostura y el aplomo que intentaba mantener a duras penas.
- ¡Es nuestro rey! ¿Por qué hace esto a su pueblo? ¡Es mi padre! ¿Por qué me aparta de todo, a mí, a su hija y heredera? ¿Por qué lo hace, Shawws? ¡Dioses, quisiera que todo esto fuera tan sólo un mal sueño!
- Desgraciadamente para todos, Rianne, no lo es.- suspiró el muchacho, una vez más impotente para ofrecer algún consuelo.- Desgraciadamente, no lo es.
Shawwshants abrazó a la princesa tan fuerte como se lo permitieron sus fuerzas. A él también le invadió aquel asfixiante sentimiento de amargura y debilidad, mientras pensaba que todo lo que le ocurría a Rianne no era sino la sucia jugada del tenebroso destino que se le avecinaba.
-“Eres mi niña, nuestra niña, la niña de Kennommah. –el joven abrazó a la princesa aún más fuerte, sollozando a su vez.- Si supiese protegerte como es debido, si hubiésemos aprendido a velar por ti, mi niña, nuestra niña, nadie podría hacerte daño... mi preciosa pequeña... ¿es ahora demasiado tarde?”
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